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Escrito por Luca Chiantore, 15 de febrero de 2025 (English version here)

He escrito mucho sobre el Concurso Chopin estos últimos días. Largos posts que han despertado un interés que agradezco. Aquí está otro: el más importante, creo, y seguro el más personal.

Acabamos de presenciar la final, y con ello se acaban 20 días en los que he dedicado muchas horas a escuchar este concurso. Lo he hecho con gusto, con esa fusión de interés profesional y placer que tengo la suerte de vivir a menudo en lo que hago. Porque este concurso es mucho más que un concurso entre otros: miras los premios y tras ellos ves el perfil de toda una historia cultural. Todo está ahí: las “escuelas” en la época que tanto se hablaba de ellas (empezando por el primer premio de la primera edición, la de 1927: Lev Oborin), pero también las figuras que te recuerdan que el pasaporte poco tiene que ver con las historias personales (en 1932 ganó Alexandre Uninsky, ucraniano de nacimiento, que compitió como representante de la Unión Soviética, pero se había formado desde los 13 años en París con el más francés de los profesores franceses, Lazare Lévy); y luego el legítimo orgullo de una Polonia que heróicamente estaba renaciendo de la pesadilla bélica (con los premios de Halina Czerny-Stefanska en 1949 y Adam Harasiewicz en 1955) y pronto, muy por encima del elemento nacional, la internacionalización de una rendición “objetiva” del texto que alcanzó con el Pollini de 1960 su máxima expresión (sin olvidar el peso que, en todo ello, adquiría la creciente presencia en el jurado de figuras ya legendarias, como Arturo Benedetti-Michelangeli y Artur Rubinstein.

Pero ya con la edición de 1965 y la victoria de Martha Argerich el concurso supo mostrarse capaz de señalar los sutiles movimientos que estaban dándose en el que parecía un dogma venido para quedarse: el de una rendición perfecta de la partitura, idealmente identificado con la voluntad del compositor. Y ahí empieza una larga serie de premios más o menos acompañados de posteriores carreras de fama mundial, que en su conjunto flexibilizan ese Chopin “oficial” —que con Harasiewicz y Pollini parecía tan radicalmente exacto— se flexibiliza, llenándose de nuevos matices pero también de una idea muy clara de dónde están los límites a lo “auténticamente chopiniano”. Una idea que poco o nada tiene que ver con lo que, mientras tanto, una musicología por fin interesada en interrogarse acerca de la práctica interpretativa del XIX iba descubriendo, y que, increíblemente, no ha cambiado mucho desde entonces. Éste, de hecho, es el tema de este post.

Ese Chopin “oficial”, que desde Varsovia se exhibía al mundo, tuvo en 1975 a Krystian Zimerman su más perfecta e icónica realización (con Federico Mompou, por cierto, en el Jurado). Nada parecía más perfecto, más musical y técnicamente impecable que lo que hacía ese muchacho (que en todo caso, precisamente en la final con orquesta, por una vez no tocó ni mucho menos de forma tan impecable). En realidad, ya a la edición siguiente, en 1980 (con un joven Josep Colom, en este caso, sentado al lado de Martha Argerich y Nikita Magaloff), empezaron a aparecer alternativas, y la más sonada acabó por adquirir fama mundial, encarnada por la figura —entonces realmente alternativa— de Ivo Pogorelich. Era aquella una Polonia en plena ebullición, que desde hacía dos años tenía a uno de los suyos gobernando la Iglesia Católica con el nombre de Juan Pablo II; el concurso empezó el 1 de octubre, menos de un mes después de la firma del acuerdo que cerraba con éxito las huelgas de los astilleros de Gdansk y la legalización del sindicato Solidarnosc. Pero el escándalo Pogorelich, habilmente inflado y rentabilizado por Deutsche Grammophon, evidenciaba que los concursos —y este concurso tan emblemático, de manera especial— podían representar una ocasión para visibilizar la existencia de alternativas que la tradición no aceptaba como válidas.

La realidad del Concurso Chopin, sin embargo, es otra, desde hace medio siglo: la disidencia no existe. No solo el propio sistema de evaluación se encarga de que no haya margen para propuestas excesivamente rompedoras, sino que las sucesivas ediciones del concurso han ido impulsando con agotadora sistematicidad una forma de tocar que parece no quererse alejar del modelo de Zimerman. Fue una excepción Yulianna Adveeva, que en 2010 se impuso con una propuesta visceral, arriesgada y maravillosamente ejecutada, que supongo habrá levantado reticencias importantes en una parte del jurado, pero evidentemente supo cautivar a la mayoría con esas interpretaciones, algunas de ellas realmente prodigiosas. Por lo demás, las personalidades que pasaron por ese concurso y ahora están teniendo una voz propia en la escena pianística mundial son aquellas que ese concurso NO lo ganaron, como Gabriela Montero, tercera en 1995. Y con “voz propia” me refiero a una forma de tocar que habría sido inimaginable en los tiempos del joven Zimerman, y que convierta su propuesta en algo inconfundible.

Con ello vuelvo a la edición de este año, donde, al no haber habido nadie que desde el principio marcara una diferencia realmente clamorosa con el resto, yo he tenido todo el tiempo la sensación de que lo que estaba escuchando lo había escuchado ya, demasiadas veces. Casi todo el tiempo. Con la excepción de algunas interpretaciones de Zitong Wang (los Nocturnos Op. 48 nº 2 y 15 nº 1, príncipalmente, y el Scherzo op. 20, pero también el Estudio op. 25 nº 6 y la Sonata op. 35), las Mazurkas op. 17 de Yehuda Prokopowicz (distinguidas finalmente con el premio para las mejores mazurkas, un premio que por una vez se corresponde también con lo que yo he escuchado desde casa), algunos momentos de los Preludios op. 28 de Piotr Alexewicz y de Miyu Shindo, yo lo que he escuchado son magníficas reiteraciones de una propuesta de sobra conocida.

Dentro de ellas, por supuesto, hay diferencias importantes, en cuanto a calidad de la realización (con un número bastante sorprendente de pequeños errores de memoria, algo sobre lo cual podría valer la pena reflexionar) y, como siempre, divergencias —sutiles, por lo general— en la elección del tempo, las dinámicas, la articulación y otras decisiones diversas. Entendería a quien me dijera que de eso se trata, con la interpretación clásica. Y en cierta medida es verdad, por lo menos desde hace dos o tres generaciones.

La cuestión es que el Concurso Chopin, una vez más, no falla: registra nuestro tiempo de un modo perfecto. Y nuestro tiempo, para la música clásica, es un tiempo de cambios geográficos aún más que estéticos. Hace 50 años la inmensa mayoría del jurado era europea (19 de 21 a la edición de Zimerman en 1975), y quien concursaba, también. Había una participación mucho más reducida de pianistas de Estados Unidos; puntualmente de otros lugares. Era el reflejo de una realidad: el piano (y especialmente el piano a alto nivel) era una cuestión mayoritariamente europea y estadounidense. No digo ÚNICAMENTE europea, pero sí mayoritariamente europea, tanto que incluso quienes procedían de otros lugares solían haberse preparado en Europa o, eventualmente, en Estados Unidos. Esto último no ha cambiado tanto hasta hoy, pero la procedencia de jurado y participantes, sí. Este año, en el jurado, Europa estaba representada únicamente por Yulianna Adveeva, rusa, John Rink, inglés, y Michel Béroff, francés, más la tradicional representación polaca (más reducida que nunca, en cualquier caso). El resto (la mayoría) procedía de Estados Unidos, Sudáfrica, Argentina, Japón, China y, por supuesto, Vietnam, con el influentísimo Dang Thai Son. Es un reflejo de una realidad: el piano ya no tiene en Europa su principal centro de operaciones. Y si miramos a la lista de galardones de estas últimas ediciones, el cambio es aún más claro, tanto que ya llevamos tres ediciones seguidas que pianistas de procedencia asiática se hacen con el primer premio (ok: también llevamos cinco ediciones —¡cinco!— en las que los primeros premios son otorgados a pianistas que estaban estudiando con algún miembro del jurado, pero eso seguro que es pura casualidad…).

Europa sigue otorgando prestigio y, en parte, formación de excelencia (aunque cuantitativamente superada por los principales centros estadounidenses y canadienses, que han entendido perfectamente cómo moverse en esta realidad), pero donde realmente el piano concentra actualmente la mayoría de sus recursos económicos y humanos es en Asia. Y no podemos esperar que eso no marque también una tendencia estética. Ese Chopin que se mueve amablemente en una horquilla que va de lo suavemente contemplativo al virtuosismo ligero y exterior, pasando por un sentimentalismo sin pretensiones y todo ello con una solvencia producto de una cantidad descomunal de horas de estudio es justo lo que la mayoría del nuevo público de la música clásica busca. Que, al fin de cuentas, es la versión “revisada y corregida” del mundo Lang Lang, pasada por una academia que se encarga de quitarle todo aquello que ya es excesivamente histriónico. Si ese modelo lo persiguen simultáneamente millones (millones, repito) de pianistas que a ello dedican tenazmente toda su juventud, al final es lógico que de ahí salgan unos cuantos primeros premios. De momento, formados (y a menudo también nacidos, de momento) en Estados Unidos o en Europa, porque al final las coordenadas culturales las incorporas más fácilmente ahí. Pero que esto que sucede en el Concurso Chopin sea un cambio ligado a un movimiento global, de esto estoy seguro.

Esto incluye también otro aspecto, que subrayaba con razón Luca Ciammarughi hoy en Facebook, en su enésima impecable reflexión: aunque nos pueda parecer exactamente lo contrario del objetivo estético, el propio reglamento del concurso habla de la máxima puntuación como correspondiente a una interpretación “perfecta”. ¿Existe eso? Pues según ese reglamento, sí. Y según un vocabulario que hemos manejado también en Europa durante tanto tiempo, también. ¡Cuántas veces hemos leído eso de “una grabación definitiva”, “una interpretación impecable” o “el mejor intérprete de no sé qué”! Así que no podemos rasgarnos las vestiduras porque ahora aquí se busca una interpretación “perfecta”. Y si le añadimos el hecho que, efectivamente, quien gana este concurso se enfrenta a un cambio profundo en su vida, con viajes estresantes, conciertos con directores diversos, cambios de husos, costumbres alimentarias, nuevos repertorios, grabaciones y demás, y todo ello con grandes expectativas de público y crítica y apuestas económicas importantes de parte de discográficas, auditorios y agencias de conciertos, no puede sorprender que la solvencia media acabe por ser un valor.

Esto se ha notado muchísimo, este año, pero ya sucedió en las dos ediciones anteriores: no ganó el intérprete más interesante, pero sí el más constante, el más solvente, el que menos notas había fallado y menos dudas había tenido. No sé si el corte que Eric Lu se hizo en el dedo antes de la segunda prueba (y que llevó a la organización a cambiar el orden y hacerle tocar como último de la tanda) era real o no; supongo que sí y no quiero pensar que haya sido provocado. Pero sí estoy seguro de que le vino de maravilla (y ahí sí creo que se hizo todo lo posible para que todo el mundo, en el gremio, lo supiera), para que su imagen fuera la del tipo que, pase lo que pase, sube al escenario y da la talla: algo que las agencias y las salas de concierto aprecian mucho más que el fraseo maravilloso y el momento sublime, porque nada hay más molesto y caro que tener que suspender un concierto.

Eficiencia, solidez, y si, además, vienen aliñadas (y casi compensadas) con ese aire medio zen, la imagen del tipo tímido e introspectivo, mejor que mejor, que eso ahora mismo, en la música clásica, vende tanto o más que la extroversión. Sumémosle —de esto estaba seguro y me lo ha confirmado quien estaba en la sala— que su sonido sí corría, no como el de otros finalistas cuyos pianissimos se perdían a mitad de camino, y ya tenemos un primer premio que sí tiene explicación. Así como es lógico y muy bueno (para ella, en este caso) que Tianyao Lyu, que justo hoy cumple 17 años, NO haya ganado el primer premio. Porque la visibilidad y la experiencia que este concurso le ha supuesto son activos para el futuro, pero lo que ella ahora necesita es seguir estudiando, formarse la mano y un repertorio importante, vivir y conocer mundo, y con todo ese bagaje es fácil que pronto la volvamos a ver y quizás, posiblemente, ganar este concurso, porque ya ahora toca fabulosamente y seguro tiene todas las cartas para seguir haciéndolo cada vez mejor. Una victoria ahora habría inevitablemente interferido con un crecimiento que necesita sus tiempos.

Aquí en España, desde donde escribe, ha habido muchas quejas por David Khrikuli, que ha acabado sin ningún premio, y además ha sido víctima también de la absurda forma de anunciar los premios: en lugar de empezar desde abajo, desde las menciones honoríficas, o —como yo creo que sería mejor y no se hace nunca— desde arriba, desde el primer premio, los premios se han dado del 6º al 1º, y hasta el ultimo momento el 1º perfectamente habría podido ser él o Lu: quizás emocionante para el público, pero bastante irrespetuoso para él, francamente, y también para Miyu Shindo, aunque ella tuviera menos posibilidades. Sin embargo, el caso de David Khrikuli es emblemático: David ha tenido varios errores de memoria, muchas notas falsas (muchas) sobre todo en la primera prueba, poniéndose visiblemente nervioso, y además, en el final de la Sonata op. 58, se le ha ido la mano con la velocidad de un modo francamente difícil de entender sino como producto de cierto descontrol. Sumémosle cierta tendencia a tocar las notas staccato muy acentuadas, y ahí tienes la síntesis de todo lo que NO suele gustar (y esto sucede desde hace tiempo: estos mismos problemas se vieron en el caso del escándalo de 1995 por el premio NO concedido al malogrado Alexey Sultanov, que claramente era superior al resto de concursantes —la escucha de su Concierto op. 21 aún impresiona— pero llevaba al extremo exactamente esas características, que cuando se dan son vistas como línas rojas por una parte importante de profesionales de los jurados de concurso. David Khrikuli es un pianista fabuloso y le deseo lo mejor. No creo que Chopin sea el compositor en que más puede destacar ahora mismo y, de hecho, me gustó muchísimo más en el Van Cliburn de este año, con ese Brahms formidable: ése sí me parecía su concurso y en cambio ni siquiera llegó a la final. Pero ya sabemos qué son los concursos y lo fácil que es perderlos, a veces por un punto volante. Ojalá no se desanime y se encuentre en el sitio adecuado en el momento adecuado, que tiene aún varios años para hacer grandes concursos, y otras muchas maneras para que un pianismo como el suyo llegue a los escenarios que nos permitiría disfrutarlo.

Ahora bien, yo, ante todo este movimiento de premios y propuestas interpretativas diversas, tengo una posición muy clara. Quizás sea verdad que el mundo de la música está lleno de personas que aprecian tanto esa forma de tocar que el Concurso Chopin viene premiando mayoritariamente desde hace décadas. Por otra parte, leyendo las reacciones de tanta gente, aquí y en otros lugares, escucho declaraciones de personas que aprecian diferencias enormes entre una interpretación y otra. Porque yo, francamente, no. Porque a mí Eric Lu puede aburrirme un poco más o un poco menos que otros concursantes, pero globalmente lo que me pesa es que casi todo el tiempo lo que escucho lo he escuchado ya. Casi idéntico. Mil veces. Por ello me agarro como a un clavo ardiendo a los momentos donde parece que sucede algo: este año fue Zitong Wang, príncipalmente; la edición pasada fue Kyohei Sorita más, en algunos momentos, Eva Gregoryan y, todo el tiempo mientras siguió en la competición, ese fenómeno que es Hayato Sumino / Cateen, más que nada para ver en qué momento dejaría de jugar a no ser él y se lanzara a hacer, incluso en ese scenario tan clásico, las cosas que le habían llevado a reunir tantos millones de seguidores.

Así que miro en perspectiva todo lo escuchado en estos 20 días y aquí va una breve selección de lo que yo NO he escuchado —en nadie— y que SÍ, de haberse hecho, habría llevado a una propuesta diferente, pero diferente de verdad. ¿Voy? Voy.

Son dos bloques, aunque podría haber muchos más. Empiezo con uno que es una de mis especialidades: prácticas que estuvieron de moda en algún momento y que hoy están ausentes de nuestras costumbres interpretativas (chopinianas, en este caso), de modo que, si las volveríamos a implementar —más o menos transformadas, esto ya depende—, sonarían hoy muy sorprendentes.

  • La ornamentación añadida en las líneas cantables (en la línea de las célebres propuestas de Mikuli en su edición del Nocturno op. 9 nº 2) y en las repeticiones (hubo un único microintento, en este concurso, el de Kwanwook Lee, y le eliminaron, mira por donde)
  • La realización de las fermatas (bastaría partir de uno cualquiera de los principales tratados de violin y de canto de esos años que hablen del tema —Baillot, Duprez, Cinti-Damoreau— para dejar sin palabras al público actual)
  • La transformación de la escritura pianística (¿alguien se imagina la que se puede armar si en final alguien tocara el final en octavas alternadas como lo tocaba Tausig? Reconozco que una remota esperanza de que Kevin Chen desenfundara esa carta yo sí la tenía, especialmente después de haberle visto cambiar de octava —¿por error?— en el Vals op. 18)
  • Un esbozo de bajo continuo para que el piano se una a los tutti, al menos en el final de los conciertos (se hacía en la época de Chopin; todavía lo hacía Cortot y Piero Rattalino me aseguró que llegó a hacerlo incluso Pollini en el concurso de 1960; ¿seguro que hoy no funcionaría para levanter de su silla al auditorio?)
  • La mano izquierda a tempo como acompañamiento de una melodía rubato (se dice hasta la saciedad que lo hacía Chopin, pero escucharlo hoy en el piano moderno parece imposible; la única ganadora del Concurso Chopin que hizo algo así fue Yulianna Adveeva; después, nada, y, mientras tanto, el rubato se está volviendo cada vez más flexible, de modo que tantas veces se lleva por delante la coherencia del pulso (a mí escuchar eso me marea, pero hay superestrellas que hacen eso y a todo mundo le parece bien, por lo visto)

Podría seguir, pero con esto puede bastar. Ahora el segundo bloque, que es mucho más importante y a la vez mucho más sencillo: buscar una idea. Una idea de verdad, en torno a la cual se plasme la interpretación. Ya lo comenté en un post de 2021 a propósito de aquella final: cuando escuchamos el Concierto op. 11 por Josef Hofmann y por Moriz Rosenthal (las dos grabaciones completas más antiguas que nos han llegado) la primera impresión no es sólo que suenan muy diferentes, sino que son dos concepciones diferentes de la obra: en el primer caso el primer movimiento se vuelve un colosal vals, casi un adelanto de la Burleske de Strauss; en el segundo, tenemos la fragmentación de una ópera, con sus recitativos, sus arias, sus cavatinas, sus golpes de escena, cada una a un tempo, cada una con un carácter. ¿Pedir algo así es pedir mucho? Y en este caso hablamos de géneros musicales, pero las ideas pueden ir en direcciones diferentes: un Chopin op. 21 que suene realmente a la Hummel… ¿cómo sonaría? O claramente a la Fauré, que también se puede. Y me estoy limitando a lecturas que de algún modo cabrían dentro de la tradición y el formato del concurso, sin escenificación ni cambios de la parte orquestal.

En Chopin hay obras que están ahí esperando intervenciones sutiles pero de impacto radical. Las Baladas, por ejemplo, surgen del modelo de la versificación poética, pero la tradición ha ido buscando sobre todo la dimensión narrativa. La prosa se ha llevado por delante la poesía. ¿Qué sucedería rescatando la poesía, las rimas, la regularidad del verso? Seguro escucharíamos algo nuevo y diferente. Y donde hay un imaginario explícito es aún más fácil que cualquier intervención tenga un impacto cargado de significado: basta pensar las tantas formas diferentes en que la idea de lo “fúnebre” toma vida en las grabaciones de la marcha de la Sonata op. 35 entre los dedos de Pugno, Paderewski, Rachmaninov, Cortot, Friedman y otras grandes figuras del pasado. No es nostalgia de los viejos tiempos: es que si a alguien le dejas (o se toma el derecho de) añadir clusters, cambios de registros, brutales inversiones dinámicas y otros mil efectos de todo tipo, el margen para la diversidad de la interpretación se magnifica, y con ello la posibilidad de que la obra realmente se reinvente cada vez. Como lo que tantas veces hemos visto hacer (con mayor o menor fortuna, por supuesto) en el teatro clásico, y como hacíamos con la MÚSICA clásica hace no tanto tiempo. Pero no, nos negamos. No se puede. ¿Seguro? En Varsovia, quizás no se pueda. Aunque tampoco es que hayamos visto a tanta gente intentándolo. Seguro que en otros espacios sí. Basta quererlo. A saber lo que pueda pasar. Yo, humildemente, estoy en ello.

Escrito por Luca Chiantore, 3 de noviembre de 2021

El Concurso Chopin 2021 ha acabado. Han sido muchos días de retransmisión online que he seguido con especial atención porque suponía que se convertiría en un espacio interesantísimo para reflexionar sobre el estado actual de la interpretación, y así ha sido. Ahora que ya sabemos el veredicto del jurado, aún más.

En este largo post voy a recoger gran parte de lo que escribí en Facebook durante las pruebas, pero desde la perspectiva de un resultado que ya conocemos, y que personalmente no me ha sorprendido. Esa distribución de premios, eso sí, me ha decepcionado: yo hubiera preferido otra. Pero entiendo perfectamente que el sistema de votación y la composición del jurado hayan llevado a ese desenlace.

Vayamos por parte. La sensación, durante todo el concurso, es que nadie tenía claramente el público de su parte, ni en la sala ni en internet, y es probable que el propio jurado, al menos durante las primeras pruebas, no tuviera una idea demasiado definida de quién se llevaría los primeros premios. Lo que sí es evidente es que internet ha estado, en esta edición, especialmente presente porque el Instituto Fryderyk Chopin ha hecho una labor encomiable de retransmisión en directo en Youtube, con subida de las pruebas casi inmediata, un uso perfecto de las palabras clave y una moderación discreta pero siempre presente del chat, contribuyendo a que el seguimiento online haya sido masivo y muy dinámico.

Ahora bien, las redes sociales no han estado presentes sólo a través de esa retransmisión. Ésta ha sido la primera edición de este concurso legendario en que competían personas que mayoritariamente han nacido y crecido con internet. Personas que hemos visto literalmente crecer a través delas redes, donde empezaron a circular videos suyos cuando tenían 3 o 4 años, y sobre todo que llegan al concurso teniendo hoy una presencia en internet mucho mayor la que tienen todos los miembros del jurado llamado a evaluarles.

Parece una paradoja, pero no lo es. De hecho, la persona más “famosa” (en sentido literal de “ampliamente conocida”) que haya pisado estos días la sala de la Filarmónica de Varsovia no estaba sentada escuchando y tomando notas como parte del jurado: estaba compitiendo. Y esperando el veredicto de ese jurado tal vez prestigioso pero que a los 800.000 followers en Youtube no llegarán jamás. Por no llegar no llega ni siquiera Martha Argerich, que decidió al último momento no participar en ese jurado. Pues 857.000 suscriptores tiene en este momento Hayato Sumino en Youtube, ahí conocido como Cateen.

Cateen es un fenómeno que merece un post aparte, y ya sé que le voy a dedicar un espacio en mi próximo libro. Pero lo que más llama la atención de su participación en este concurso es que ha jugado todo el tiempo con las reglas de la tradición. Justo él que podría haber hecho perfectamente ­—si no al principio, por lo menos en la última prueba como solista— lo que suele hacer en sus videos: variar las obras, improvisando y desarrollando material ajeno y componiendo obras propias con una soltura francamente admirable. (Para tener una idea de aquello a lo que me estoy refiriendo, escuchen estos Seven levels on Twinkle Twinkle Little Star, si aún no han tenido la experiencia de hacerlo: 7 merecidísimos millones de reproducciones en poco más de un año en Youtube).

Hayato Sumino ha evitado presentarse con su nombre de youtuber y se ha presentado con su nombre real (algo no tan obvio, considerando que el propio ganador no se llama Bruce de nacimiento, ni el pasaporte del sexto premio debe de incluir las dos jotas maýusculas sin punto y con espacio que aparecieron todo el tiempo como parte de su nombre) y sobre todo ha tocado siempre, una a una, las notas escritas en la partitura, siguiendo rigurosamente el canon interpretativo tradicional. Maravillosamente bien, la verdad. Y así ha llegado a la semifinal, lo que ya es un enorme logro. Es cierto que al menos ahí habría podido haber cambiado de marcha, tal vez dejando anonadado el público con algunas de sus proezas y así poniendo sobre la mesa el ya trilladísimo problema de hasta qué punto una obra sigue siendo esa obra o no. ¿Qué habría pasado, en ese caso? El jurado, desde luego, se habría encontrado en un aprieto y probablemente habría determinado que eso no es aceptable por eso “no es Chopin”, quién sabe si con discrepancias llamativas y portazos como los que se dieron en 1980 con Ivo Pogorelich. En cualquier caso, habría sido el evento central de esta edición: nadie se habría escapado del pronunciarse al respecto. Pero no lo ha hecho. Y la consecuencia es que, una vez empezada la final con orquesta, todos los comentarios se han concentrado en los premios y ya casi nadie parecía acordarse de Sumino.

Ahora bien: el tema de la fidelidad al texto es doblemente interesante porque la presidenta del jurado, Katarzyna Popowa-Zydroń, insistió con firmeza, tras la final, en que no premiaron simplemente a «los mejores pianistas”, en abstracto, sino a los más “chopinianos”. Maravillosa afirmación. Pues resulta que Chopin era el primero que animaba a sus alumnos a ornamentar el cantable. Y amaba los pianos sin doble escape. Y detestaba el fortissimo atronador. Y era muy pulcro con el pedal. Y estaba a gusto en la intimidad de los pequeños auditorios. Pues nada de esto ha premiado este jurado. El fortissimo ha triunfado, las dinámicas propias del piano moderno se han explotado hasta el extremo y el pedal sincopado ha sido la norma, generando sonoridades inimaginables en 1840. Porque esa forma “chopiniana” de tocar no tiene que ver con lo que hacía Chopin, sino con el Chopin que ha creado la tradición con el paso de las generaciones. Y que seguimos creando y recreando, con mayor o menor imaginación, hoy en día. Por ello es interesante seguir un concurso como éste: porque nos da el pulso de lo que está sucediendo, no sólo entre quienes evalúan encarnando esa misma tradición, sino también entre las jóvenes generaciones que están recibiendo ahora mismo ese legado y van a encargarse de transmitirlo.

La propia fidelidad al texto es en realidad la fidelidad a una tradición que ese texto ha decido convertirlo en música de una determinada manera. Entiendo perfectamente la voluntad de Cateen de jugar con las reglas de la tradición, aunque sea una vez en su vida. Y si hubiera ganado, habría sido una validación excepcional de su maestría, que a su vez le habría permitido desplegar su propia música en escenarios para él menos accesibles. Pero un juego implica un riesgo, y él decidió en libertad qué jugada hacer. Tenía otras opciones, y ha optado por la más conservadora, la más mimética con la tradición. Él, que es realmente prodigioso modificando el texto y transitando entre códigos musicales diferentes, no ha hecho ni siquiera un tímido intento de añadir ornamentos en un nocturno. Más ha hecho J J Jun Li Bui, de cuyas habilidades improvisadoras y compositivas no sé nada, pero que sí ha dejado caer algún que otro añadido en sus (por mi gusto maravillosas) Mazurkas op. 24. Y que, mira por dónde, sí ha pasado a la final. No (sólo) por eso, quizás, pero el resultado ahí está.

Hayato Sumino (o Cateen, según queramos llamarlo) no ha sido el único en llegar al concurso desde un lugar que convierte su participación en algo nunca visto antes. Y aunque la jugada habría sido más redonda si hubiera alcanzado esa ansiada final, la visibilidad ante el público clásico internacional y también la validación moral de la academia se las ha ganado con pleno mérito. Quién sí ha llegado a la final, y llevándose finalmente un segundo premio, es otro japonés que voy a seguir muy de cerca en el futuro: Kyohei Sorita. Maravilloso pianista, francamente, y que varias cábalas dieron todo el tiempo como posible ganador. Debe de haber gustado mucho al jurado en las dos primeras pruebas si ha llegado a la final a pesar de una tercera prueba que en todos los sentidos no estuvo a la altura de las dos anteriores, tanto que su propia expresión facial manifestaba un claro y comprensible malestar.

La cuestión es que también en su caso, como en el de Cateen, el concurso no parece ser tanto una forma de “darse a conocer” como la plataforma desde la cual la tradición diga de él: “lo que haces es válido”. Porque también Kyohei Sorita tiene ya una carrera, que lucha a pulso como empresario de sí mismo. Organiza sus conciertos, con su propia compañía y orquesta propia, con la que ha grabado, para entendernos, el Tercero de Rachmaninov, y durante el confinamiento de 2020 consiguió que sus conciertos de pago en Youtube fueran de los más seguidos de la red. De nuevo, todo muy merecido, porque Sorita —que tiene un perfil de intérprete más “clásico” que Cateen y ya se acerca a los 30 años— es un magnífico músico, además de ser una persona emprendedora, con ideas y mucha iniciativa. Pero a eso se une un detalle interesantísimo: la preparación de este concurso la ha hecho bajo la guía de Piotr Paleczny, que mira por dónde estaba sentado en el jurado (donde no era ni mucho menos el único que tenía alumnado compitiendo: 7 de los 12 finalistas tenían relación con miembros del jurado).

Podríamos pensar que a su edad y con su currículum Sorita ha ido literalmente a “comprar” el concurso. Yo prefiero verlo de otro modo: ha planificado el concurso meticulosamente, yendo a que le explicaran punto por punto de qué está hecha esa tradición que este concurso encarna más que cualquier otro. A conocer esa tradición polaca de entender a Chopin de la que Paleczny es hoy el máximo representante y, más en general, a comprender en detalle lo que se aprecia y lo que se castiga en este concurso que nadie conoce tan bien como él.

Porque, tengámoslo bien claro, el Concurso Chopin no está para buscar figuras extraordinarias que toquen de un modo excepcional, sino para celebrar la tradición. Siempre ha sido así y no hay señales de que la cosa vaya a cambiar. Que después haya margen para que quien consiga el primer premio sea también una personalidad única, esto puede ser. Pero lo que se exige de ella es, de entrada, que no rompa con un molde antiguo y consolidado. Lo que no quiere decir que estemos asistiendo a un viaje en el tiempo, como si lo que escuchamos online estos días habríamos podido verlo tal cual hace 40 años, y no sólo porque hace 40 años no habríamos podido seguir un concurso por internet: tampoco habríamos asistido a una retransmisión tan deseosa de acercar esta música al gran público, ni se habría dado tanto peso a la dimensión humana de cara participante, con entrevistas, videos previos desde sus casas, y otro material análogo. Pero ¿qué música NO habríamos escuchado, hace 40 años y que en cambio estamos escuchando hoy? Aquí la cosa se complica, porque el canon se ha movido poquísimo, y las novedades, en un fortín de la tradición como es este concurso, parecen no tener mucho espacio. Y efectivamente hay que buscarlas entre líneas, en detalles mínimos y mucho menos evidentes de aquello que mientras tanto está sucediendo en los escenarios allá donde la escena clásica sí apuesta fuerte por la experimentación. Las hay y de ellas hablaré a continuación. Pero me temo que lo más interesante de todo es que globalmente seguimos escuchando a tanta, tantísima gente que toca maravillosamente bien siguiendo sumisamente un guion que es el mismo que escribió la generación de Artur Rubinstein.

Justo de aquí hay que partir: tanto en lo que a repertorio se refiere como si hablamos de la forma de tocarlo, la manera de presentarse ante el público, el uso de la agógica y de la dinámica, el manejo del pedal y tantos otros aspectos, lo que hemos escuchado estos días se movía dentro de una horquilla que deja poquísimo margen de acción. Lo que sí podemos apreciar es cómo se está jugando dentro de ese angosto campo de juego en que hemos encerrado la interpretación.

Ahora bien: insisto en que aquí hablamos justamente de “lo que hemos escuchado estos días”. Lo que no coincide, ni mucho menos, con “lo que el jurado ha escuchado estos días” (y el público presente en la sala, de paso). Porque una cosa es seguir el concurso por internet, y otra muy distinta es estar escuchándolo en directo. Distinta es la experiencia, distinto es el nivel de concentración y distinta —enormemente distinta— es la información que procesamos durante la escucha. En internet el sonido llega acompañado de unas imágenes cargadas de primeros planos, que magnifican el impacto emotivo de las expresiones faciales y evidencian detalles de la movilidad de la mano que en sala están supeditados a la percepción total de la figura. Y la mayoría de las personas escuchan el concierto leyendo en paralelo un chat que ha sido siempre muy activo y condiciona enormemente nuestra percepción. Pero sobre todo es el sonido el que es totalmente distinto, incluso si escuchamos (cosa más bien minoritaria) con unos auriculares de buena calidad y en relativo silencio, en lugar de hacerlo directamente del pequeño altavoz de un teléfono celular. Para poderse escuchar bien por internet el sonido necesita mucha compresión, condicionando profundamente las diferencias tímbricas y los contrastes dinámicos. En las dos primeras pruebas de este concurso, imagino que con el objetivo de preservar cierta fidelidad, la compresión era menor, pero a cambio había activo un limitador infernal que bajaba de golpe los picos dinámicos. El problema se corrigió en los días siguientes y no lo noté para nada en la final, pero esto da la idea de hasta qué punto las dinámicas que apreciamos son el producto de cómo la señal captada en sala se transforma hasta llegar a nuestros oídos. Si a ello añadimos que la propia percepción del sonido está condicionada directamente por los restantes estímulos que nuestro cuerpo procesa, no es equivocado decir que, desde casa, estamos escuchando otro sonido no sólo debido al audio, sino al propio video, y a las múltiples variables que condicionan la naturaleza de una experiencia que demasiadas veces pensamos como únicamente sonora e idealmente análoga a lo que viviríamos si no estuviera mediando la grabación.

Tengo la sensación de que este problema está detrás de algunas de las más aparentemente inexplicables decisiones del jurado, en positivo y en negativo, pero no puedo tener ninguna certeza de ello. La sonoridad impalpable de Chelsea Guo, por ejemplo, sonaba magníficamente en internet. Seguí con especial interés el caso de esta mujer porque en su disco chopiniano publicado al inicio de este 2021, además de tocar, ella canta, autoacompañándose al piano en algunas piezas breves: una práctica decimonónica que es ahí una simple anécdota pero habría sido todo un evento en un eventual concierto de premiación. A Chelsea, en cambio, la eliminaron en la primera prueba, a pesar de que su Nocturno op. 62 nº 2 me pareció maravilloso, y toda su prueba fue convincente (más que otras que sí pasaron a la siguiente ronda), aunque no consiguió disimular cierto comprensible nerviosismo. Fue convincente tanto en lo musical (empezando por el hecho de que en su cantabile sí se nota su experiencia vocal) como en la excelente actitud corporal. Pero eso es lo que escuchamos y vimos desde casa. No descartaría en absoluto que en vivo ese sonido se volviera tan etéreo como para diluir el encanto y mostrarse incapaz de llenar la sala entera.

Por otra parte, quienes sí tienen un sonido grande y potente puede que no hayan sonado tan bien en redes como lo hicieron en sala, y entre ellos el propio Martín García García, que francamente no pareció brillar tanto como nos hubiera gustado en las tres primeras pruebas y sin embargo en la final soltó un Concierto Op. 21 que sonó magníficamente en todos los sentidos. De hecho, tantísimas personas que seguían el evento por internet, que no le habían escuchado nunca antes de este concurso y tenían el único referente de esas tres pruebas tal como se escucharon desde la distancia, no escondieron su sorpresa ante todo lo que nos regaló en la final.

Es cierto: parecía otro pianista. Y la verdad es que todo lo que no le ayudaba en las pruebas a solo (no sólo el sonido probablemente excesivamente grande para ser captado de ese modo, sino también esas muecas que tanto le caracterizan y que los primeros planos agigantaban, pasando por las diversas imprecisiones que una toma de sonido tan directa magnificaban) dejó paso en la final a un despliegue de gran pianismo que aquí se apreció mucho mejor, gracias a unas cámaras más alejadas y una toma de sonido pensada para cubrir el conjunto del escenario y el tutti de la orquesta. Y tengo la sensación que otro tanto ha pasado con Eva Gevorgyan, que tampoco pareció brillar en las pruebas a solo tanto como era de esperar y luego parecía dominar fabulosamente la situación en la final desde la altura de un pianismo que hasta entonces no habíamos podido apreciar.

Por supuesto, Martín tocó maravillosamente bien en la final; tuvo un buen día y probablemente por fin entró de lleno en el ambiente de este concurso, lo que en su caso no es tan obvio considerando que, frente a candidatos que llevan años preparando exclusivamente este concurso, él se ha pasado los últimos dos meses manejando el repertorio colosal necesario para abordar en pocas semanas otros de los grandes concursos internacionales, el de Cleveland (que ganó) y el Liszt de Budapest. Pero cuando escuchamos el sonido grabado o retransmitido no estamos escuchando lo que allá suena, sino algo que únicamente se le parece, y puede que ni siquiera tanto. Por eso a Martín hay que ir a verle en vivo. Y a cualquiera que haya despertado nuestro interés. O disfrutar de lo grabado, pero sin autoconvencernos de que estamos escuchando lo que hubiéramos escuchado teniendo a esa persona delante. Porque no es así.

Los concursos en internet son fascinantes, pero si siempre es cierto que la percepción del jurado es bien distinta de la de cualquier oyente, lo es mil veces más cuando lo que escuchamos está tan condicionado por un medio donde todo, desde lo que vemos a lo que oímos pasando por nuestra propia forma de vivirlo todo, es tan increíblemente diferente. Algo que, naturalmente, se aplica también a cualquier ocasión de escucha, independientemente de la emoción agridulce de la competición.

Pero la competición hace que toda la perspectiva cambie, creando una dimensión propia que, por otra parte, se parece poco al día a día de la vida concertística. La cantidad de primeros premios que luego NO hacen carrera se explica en buena medida por la especificidad del formato tradicional de concurso, pensado para premiar una forma de proponer la música que poco tiene que ver con la realidad del concierto. Aquí escuchamos una interpretación tras otra, a menudo repitiendo obras, una y otra vez, varias veces en una misma tarde. En un concierto esto no sucede, ni el público escucha a alguien con la referencia auditiva de otra persona tocando en esa misma sala justo un minuto antes. Y en este concurso, además, la inmersión en la música de Chopin crea una realidad cognitiva propia, donde la elección de las obras actúa de un modo distinto incluso con respecto a otros concursos internacionales. Lo que, por otra parte, permite apreciar de manera especial la originalidad de ciertas propuestas y, a la vez, la resistencia de una tradición basada en primer lugar en la continuidad.

Fijémonos un momento en el repertorio. Todo Chopin, evidentemente: en este concurso no se escucha otra cosa. Pero Chopin no ha escrito sólo baladas, scherzos, polonesas, nocturnos y otras obras conocidas: ha compuesto muchas otras piezas que incluso publicó con número de opus, dándole con ello todo el relieve que luego la posteridad no ha querido darle. Y en esta edición es evidente que, aquí y allá, ha habido cierta voluntad de rescatar un repertorio no tan convencional.

Hemos escuchado puntualmente piezas que es realmente raro ver en los escenarios y aún más en los concursos, como las Variaciones op. 12, el Largo KK IVb/5, la versión a piano solo de las Variaciones op. 2, o el Rondó à la Mazur op. 1. Y hemos escuchado un número sorprendente de veces el otro Rondó à la Mazur, el maravilloso op. 5. Tantas han sido que no me extrañaría que próximamente veamos esta obra mucho más a menudo en los conservatorios y en los programas de concierto. De hecho, creo que se ha escuchado más veces esta obra en esta sala en estas tres semanas que en cualquier sala de concierto del mundo a lo largo del último siglo, y más de una vez de un modo realmente maravilloso. Aquí yo me quedo sin duda con el ya citado Sorita pero no fue la suya la única interpretación destacada de esta pieza deliciosa. Ahora bien: si para algunas obras ha habido una visibilidad insólita, otras permanecen en el olvido: el Allegro de Concierto op. 46 sigue sin interesar a nadie, y lo mismo la Sonata op. 4.

El catálogo de Chopin, es cierto, es el que es: por mucho que busques, acabas por caer una y otra vez en las mismas piezas. Podríamos ser más originales a veces, y es esperanzador que se rescaten páginas no tan interpretadas, pero el margen es pequeño, y el resultado salta a la vista: las mismas obras interpretadas una y otra vez por docenas de concursantes. Y aquí viene el punto que más me interesa. No sé si le pasa a otra gente, pero a mí escuchar 35 veces la Barcarola en el arco de pocos días se me hace realmente pesado, por muy maravillosa que me parezca la obra. Y se me hace tan pesada la escucha porque se trata de escucharla 35 veces prácticamente a la misma velocidad, con dinámicas enormemente parecidas, una agógica que responde siempre al mismo patrón, el pedal cambiado exactamente en los mismos sitios (y ni una vez que coincida con las indicaciones de Chopin, por cierto). Si a cada interpretación descubriera matices desconocidos, todo cambiaría. Pero no es lo que sucede, y en este concurso menos que nunca.

El caso extremo ha sido precisamente la final con orquesta, donde 9 de los 12 candidatos han presentado el mismo Concierto op. 11. El primer día, directamente, 4 de 4. Es cierto que escuchar la misma obra tocada prácticamente al mismo tempo y dentro de un mismo marco estético global permite que la atención se concentre inevitablemente en la pulcritud del acabado, consiente apreciar determinados detalles y evidencia la capacidad de generar un ambiente de diálogo con la orquesta y el director. En un concurso, esto tiene su interés. Pero hablamos de detalles, especialmente cuando de “calidad” de la interpretación se trata. Con un margen de movimiento tan angosto, identificar una “idea”, una propuesta propia, cuesta enormemente.

El caso de este Primer Concierto es especialmente interesante porque entre sus primeras grabaciones hallamos muestras perfectas de qué quería decir ser intérprete antes de ese filtro neoclásico del aún que nos cuesta deshacernos. Las grabaciones históricas de Moriz Rosenthal y de Josef Hofmann, ambas realizadas en la década de 1930, me parecen ejemplos paradigmáticos de lo que representa defender una idea fuerte y definida de una obra. El primer tiempo se convierte con Rosenthal en una ópera en miniatura, con sus recitativos y sus arias, sus interludios orquestales y sus golpes de escena. El tempo cambia continuamente, pero de forma modular, por secciones, como cambian los números de un acto de una ópera. Nada de ello encontramos en Hofmann, ese movimiento lo toca a un tempo esencialmente constante y muy rápido: lo que antes era una ópera se convierte en una danza, un único colosal vals, casi una antesala de la Burleske de Strauss. La acentuación lo aglutina todo, y dentro de ese pulso constante hallamos la variedad de caracteres, como si fuera una versión agigantada de los grandes valses op. 18, el 34 nº 1 y 42. Sin cambiar el texto, la obra se vuelve completamente otra cosa al cambiar de intérprete.

En la primera velada de la final hemos escuchado a Kyohei Sorita tocar fabulosamente bien este concierto: maduro y muy curtido en el diálogo con la orquesta, era un placer ver con qué arrojo dominaba la situación; la propia orquesta estaba tocando mucho mejor con él que con el resto de concursantes y le ha permitido entregarse a sus preciosismos decorativos sin perder nunca el hilo del discurso. Y hemos escuchado a Hao Rao, que a los 17 años ha mostrado una solvencia que la mayoría del jurado llamado a evaluarlo estoy seguro que no ha tenido en ningún momento de su existencia. Y a Leonora Armellini, siempre con el canto como seña de identidad, capaz de dar un sentido expresivo hasta al más mecánico de los arpegios. Y a Kamil Pacholec, que si no fuera polaco probablemente no habría estado ahí, pero ha mantenido altísimo el nivel medio de primer cuarteto de concursantes. Francamente, entre los cuatro las diferencias había que mirarlas muy entre líneas. No hemos visto ni remotamente una diferencia estética comparable con aquella que separa Hofmann de Rosenthal. Y me llamó la atención ver en el chat de la retransmisión en directo las afirmaciones contundentes de quienes estaban totalmente convencidos (aquí sí uso el masculino, porque suelen ser un buen 98% hombres quienes hablan así) de la absoluta superioridad de uno sobre otro, pero no se ponían de acuerdo acerca de quién era «uno» y ese «otro». Sorita se ha llevado la mayoría de los comentarios positivos, es cierto. Pero el punto es la contundencia con la que una interpretación les parecía tan extraordinariamente superior a cualquier otro. Pues yo debo de saber poco de piano, porque esa absoluta superioridad no se la veo. Como no consigo ver tan absoluto el supuesto desastre que una parte importante de los comentaristas ha visto en la prueba de hoy de J J Jun Li Bui (otra vez el primer concierto), que es cierto que parecía un poco acelerado en el último movimiento, pero también por ello podía resultar electrizante. Y si ha gustado tanto el siguiente Segundo Concierto de Alexander Gadjiev, ¿no será en gran medida porque era otra obra, después de tanto empacho de ese Op. 11? Aunque es cierto que en el segundo movimiento Gadjiev ha tocado de un modo muy interesante, con pasajes realmente llamativos. Eso sí: varias notas falsas, y algunas muy evidentes. Pero ¿es esto tan grave? Hemos oído muchas notas falsas en concursantes que sí han pasado sus pruebas, y el tan alabado Sorita tampoco es que haya sido impecable, como tampoco lo han sido Martín García y Liu, . ¿Y entonces? Las notas falsas, de por sí, claramente no son un problema, hoy en día. Tal vez lo hayan sido en la época de Zimerman. Hoy, desde luego, no. Y está muy bien que así sea. De hecho, si lo fueran, muchas de las personas que han llegado a la final no lo hubieran conseguido, porque perfectas, sus primeras pruebas, no lo fueron.

Ahora bien: si las notas falsas no lo son todo y el repertorio es en su mayoría tan canónico, el margen es realmente pequeño. Si, además, no lo aprovechamos, queda muy poco. Y en ese poco nos movemos. Dentro de este «poco», y en medio de muchísimas decisiones que siguen a rajatabla el modelo de las grandes figuras de la discografía, sí ha habido tres tendencias, estos días, que me parecen relevantes. Tres aspectos que han sido comunes a un número considerable de concursantes y que de ningún modo habríamos oído por igual hace medio siglo. Repito: hay que buscarlas entre líneas, pero las hay, y forman parte de lo que también vamos oyendo en los escenarios, dentro de este paradigma interpretativo que no parecemos querer cambiar.

  1. La asincronía entre las manos. Y en ambas direcciones: no sólo retardando la línea superior sino también, con frecuencia, adelantándola con respeto al bajo o a ciertas voces internas. Ya se llegue a él desde la familiaridad con la música antigua o desde la creciente fascinación por las grabaciones históricas o simplemente por un relajarse un poco tras tanta rigurosa sincronía, el caso es que este camino está ya muy consolidado, en los escenarios y estas semanas lo hemos visto constantemente. No en todo el mundo, pero en multitud de situaciones y entre manos muy diversas. Ahora bien: permitirse no tocar simultáneamente aquello que en la partitura sí está escrito en vertical no quiere decir que esa asincronía responda a un criterio claro. Y esto también me ha parecido evidente, especialmente en los casos más extremos.
  2. Un rubato cada vez más omnipresente y a menudo capaz de arrastrar con cualquier continuidad de pulso. De nuevo, no es una excentricidad de alguna figura de última hora ni una deriva propia de estudiantes sin dirección: es una realidad que se está adueñando de los escenarios, incluso con fuguras muy aclamadas. El concurso viene más bien a ratificar una tendencia, más que a aportar algo nuevo. De hecho, no parece haber sido un problema a la hora de seleccionar quienes pasaban a las siguientes rondas.
  3. La tendencia hacia una sonoridad mórbida que coquetea con el postminimalismo y cierto jazz soft. Un número sorprendente de propuestas (que no todas, por supuesto) apuntaban claramente en esa dirección, especialmente a la hora de moldear las líneas melódicas. El modelo vocal a menudo no parece ser ya el canto lírico (tal alejado de la experiencia diaria de esta generación, de hecho) sino la vocalidad de la música pop, con esos finales de frases tan matizados hasta perderse en el silencio y una sonoridad global que no tiene problemas en desembocar en un aire a piano bar.

¿Es este el mundo que nos espera? El puente hacia unos códigos propios de la música popular está claramente tendido. No digo que me guste: me limito a observarlo. Dentro de lo que oigo y que parece moverse en esa dirección hay cosas que sí me gustan y otras que no. Un poco como en todo el mundo que me rodea. Pero sí quiero entender adónde estamos yendo. Y aquí el impacto de lo que haya podido pensar este jurado es más bien anecdótico, porque este mundo lo vamos a hacer colectivamente. No hay autoridad que pueda parar un giro estético de toda una generación. Lo que me parece es que no se trata de un viraje, sino de un sutil cambio de trayectoria. Tan inocuo que ni siquiera escandaliza a la anterior generación. Apenas alguna cosa sí se va del camino marcado, las reacciones son claras. Georgijis Osokins no me gustó en ningún momento, pero es indudable que tenía una forma de tocar bastante original, estilística y biomecánicamente: ni siquiera llegó a la final a la que sí había llegado en 2015. Y los dos minutos probablemente más razonadamente alternativos de toda la competición de este año nos los ha regalado Eva Gevorgyan con el último movimiento de la Sonata op. 35. Pues de ella concretamente dijo Katarzyna Popowa-Zydroń que sí habían sopesado darle algún premio y que era una magnífica pianista, pero que su manera de tocar no era estilísticamente adecuada… Et volià.

El paso de Eva Gevorgyan por el concurso ha sido bastante irregular y es innegable que no haya mostrado todavía un aguante merecedor de uno de los primeros premios. Pero tampoco Kyohei Sorita y Martín García García hicieron un concurso homogéneo, y, en cambio, se llevaron premios importantes. La cuestión es que no debieron de poner nervioso al jurado en ningún momento. Sin duda debieron de gustar más en ciertos momentos que en otros, pero no debieron de bajar nunca debajo de esa línea roja que tiene que ver con el tocar en un estilo inaceptable. Lo que significa, en realidad, no distanciarse demasiado de lo que la tradición en este momento considera adecuado: de ese “verdadero Chopin” que ese jurado sí sabe tan bien cuál es.

Muchas personas, tras leer en Facebook mis largos posts sobre esta edición del concurso, me han pedido que comentara los resultados. Ahora bien, si lo pensamos bien, el veredicto, en un concurso como éste, tiene un impacto bastante relativo. A diferencia de lo que sucede en otra clase de competiciones, en los grandes concursos internacionales el resultado suele ser interesante esencialmente por dos razones: (1) porque efectivamente dará mucha visibilidad a quién se lleva el primer premio (y sólo en parte los otros premios, a mucha distancia) y (2) porque suele ser un reflejo de cómo la generación anterior valora lo que está haciendo un grupo selecto de pianistas cuya edad media suele estar en torno a los 25 años y que es, en todos los sentidos, la generación destinada a sustituirles. A partir de ahí, que el primer premio sea el que hace carrera o no, no está nada claro: en las últimes décadas son muchas las personas que han triunfado SIN ganar concursos importantes (Kissin, Volodos, Lang Lang y Yuja Wang, por citar solo algunos casos) y a otras que, si han ganado algo, han sido premios menores (Khatia Buniatishvili y Lucas Debargue, para citar tan sólo dos casos recientes). ¿Hará carrera Bruce Liu? Yo, francamente, lo dudo. Es posible que sí, por supuesto, y este primer premio le abre muchas puertas. Pero de ahí a construirse una carrera hay un trecho. Y Bruce Liu ha ganado porque las reglas del juego le han favorecido. En muchos concursos —y en éste en particular, debido a las normas de votación y las características de un jurado muy grande y con una importante representación de personas que no tienen una intensa carrera concertística internacional— no gana quien destaca, sino quien consigue molestar menos. Unas pocas notas muy bajas bastan para hundir la media, aunque otros miembros del jurado hayan dado a esa misma persona unas notas muy altas; siempre saldrá ganando quien haya conseguido que todo el jurado le dé una buena nota, aunque sin entusiasmar ni parecer el candidato ideal. Y con Bruce Liu supongo que haya sucedido precisamente esto: su manera de tocar no tiene nada de excepcional y sin embargo es sólida y proporcionada, perfecta para las expectativas de este concurso.

Liu ha sido la persona adecuada en el momento adecuado. Seguramente no ha generado estridencias entre el jurado y, si volvemos un momento la mirada hacia aquellas tres tendencias que destaqué antes, quizás haya sido el más conservador entre quienes se llevaron un premio. ¿Una casualidad? Quizás. Lo que es indudable es que es un pianista excelente, como ha demostrado durante las pruebas y ha ratificado durante el tour-de-force de los conciertos posteriores a la final, donde tocó el Concierto op. 11 cada día siempre con un aguante impecable, propio de un verdadero profesional. Un primer premio que no podría encajar mejor con la estética y la lógica de ese «reloj Chopin» serie limitada que patrocinó la competición. Que no es un Rolex ni lo intenta: es otra cosa. Es el Estudio «revolucionario» hecha producto de lujo. Es la fragilidad de Chopin convertida en performance de alta precisión. Lo que tiene mucho mérito, porque no es nada fácil llegar a eso, si eso es lo que quieres. De ahí que la manera de tocar de Bruce Liu sea tan interesante de observar:

  • Tiene un control mecánico muy consistente, aunque no es impecable (el último, espectacular fallo al empezar la escala conclusiva de la prueba final ha sido tan solo la más clamorosa de varias imprecisiones: simplemente más grave que otras porque ese re a todo volumen convertía el acorde de tónica final en una curiosa dominante de la subdominante, y ahí acabo el concierto…).
  • Toca de un modo flexible y nunca banal, con una agógica variada, una pedalización muy pulcra y muchos contrastes, pero sino ideas inconfundibles que permitan reconocer en él una personalidad fuera de lo común (y en más de un caso sus elecciones me dejaron bastante perplejo, como tocar como vals vienés el Vals op. 42, que justamente es el más francés de todos los grandes valses de Chopin; supongo que a nadie del jurado eso le pareció “fuera de estilo”).
  • Por supuesto no cambia ni una nota, ni se aleja jamás de la horquilla marcada por la tradición en lo que a uso del pedal, del tempo, de la articulación y de la dinámica se refiere.
  • Tiene un repertorio interesante y muy adecuado a su manera de tocar (pienso, en particular, en las Variaciones op. 2 y op. 12, que sin duda fueron un acierto en su programa y fue destacada por la crítica).
  • Es poliglota, agradable en el trato y perfecto en la imagen que proyecta dentro y fuera del escenario (pero sin un discurso que atrape ni menos aún la capacidad de generar titulares y captar el imaginario colectivo, como ha quedado patente en todas sus declaraciones tres el concurso).

¿Podríamos decir algo parecido de cualquier finalista de este concurso? Es probable que no en la misma medida. Liu ha sido sin duda el más equilibrado. Ha habido otra gente muy precisa, pero nadie impecable; otra gente musicalmente interesante pero apenas se salían de las expectativas de la tradición la censura del jurado caía sobre ellas; el repertorio dejaba poco margen y en cualquier caso nadie lo ha explotado a fondo; y en lo que a imagen y a discurso fuera del escenario la media de lo que hemos visto era bastante decepcionante y Liu ha sido siempre el más profesional ante las cámaras. De nuevo, con Cateen en la sala las cosas habrían sido distintas. Pero las cosas han ido como han ido.

En realidad, no sabemos bien “cómo han ido” en el sentido de que, mientras no se publiquen todas las votaciones (algo que sí pasó en la anterior edición), no sabremos qué notas dio cada jurado en cada prueba, solo podemos elucubrar acerca de qué condujo a ese resultado final. En el Concurso Chopin el sistema de votación acumulativo y el peso que tiene el voto secreto tres cada prueba hace que quien gana no siempre es el que la mayoría del jurado quería que ganara: es quien suma la mejor media en todas las pruebas. De ahí que no se entiendan a menudo los resultados con solo escuchar la final. A esto se suma lo que sucede en todos los concursos: que ser quien toca en último lugar, especialmente en la final, siempre es ventajoso (y aquí se ha confirmado: Bruce Liu fue el último del último día) y que, en cambio, es fácil que en las primeres pruebas, si hay un número muy elevado de participantes, la votación sea bastante aleatoria. Que no haya pasado la primera prueba Zitong Wang, por ejemplo, es efectivamente sorprendente, y más considerando que también ella, como el flamante ganador, se presentó como alumna de Dang Thai Son. Escuchada desde casa fue sin duda una de las mejores primeras pruebas de todo el concurso. Pero… ¿cómo se escuchó en sala? ¿A qué hora tocó? ¿Quién la precedió? Y también: ¿sabia bien cada miembro del jurado a qué Wang votaba, cuando votaba? Porque había seis. Tal cual: 6. Seis Wang en la misma competición. Sobre un total de 87 personas que fueron admitidas a la primera prueba, que ya es un disparate. Por mucho que intentes votar con justícia, tu perspectiva no es la misma al principio que cuando llevas cinco días escuchando 86 primeras pruebas, todas con un programa muy parecido y todas con un nivel mínimo muy elevado.

Esta realidad debemos recordarla bien cuando, tras seguir por internet una u otra prueba, quizás ni siquiera de forma completa, nos parece “injusto” el veredicto del jurado. La perspectiva del jurado es otra. No quiero excusar a nadie: solo digo que es otra cosa lo que están evaluando. Ya la escucha de TODAS las pruebas nos daría otra visión. La escucha de esas mismas pruebas en la concentración de una sala de concierto, de nuevo cambiaría nuestra reacción. Y sería todavía diferente si, además, nos tocara dar una nota al final de cada interpretación y discutir de ellas quizás en presencia de quienes están enseñando día tras día a esa persona.

En sala, además, se percibe de otro modo la reacción del público, que este año el propio jurado ha reconocido haber sido importante a la hora de expresar sus valoraciones. Esta es quizás la dimensión que más conecta un concurso a un concierto, porque la capacidad de cautivar a la audiencia sí es la misma que cualquier pianista necesita día tras día en sus apariciones en público. La dimensión competitiva crea un espacio artificial, excepcional y ajeno a la atmósfera de un concierto, pero esa capacidad de comunicar (con el sonido y con el cuerpo) sí es la misma. Tanto que me pregunto hasta qué punto cada participante ha sido consciente de cuán importante es la información que ha transmitido con su cuerpo, con su forma de saludar, con sus sonrisas o sus gestos antes, durante y después de cada interpretación. Nadie gana o pierde un concurso SÓLO con eso, pero sí TAMBIÉN con eso. La unánime percepción de que Aimi Kobayashi acabó sin fuerzas la prueba final, por ejemplo, estoy seguro de que hubiera sido rádicalmente distinta si, al terminar, hubiera regalado al público una sonrisa y hubiera interactuado de otro modo en el escenario. Quizás es cierto que no le quedaban fuerzas, pero la realidad es que lo que vimos  hizo pensar inmediatamente a un agotamiento que yo no conseguí percibir de forma tan evidente en su sonido. Sin embargo, al acabar, la percepción de que había sido una mala prueba fue unánime tanto en los comentarios en redes como en la sala, por parte de un público que la quiere desde cuando era una niña (la hemos visto literalmente crecer en internet: ¿se acuerdan de cómo tocaba con 4 años?) y que la apreció tanto durante la edición de 2015. cuando también alcanzó la final. Y no ha sido el suyo el único caso. De hecho, cualquier intérprete está transmitiendo información constantemente, no sólo con sus notas. En un concurso, donde la comparación es tan directa y las diferencias entre una interpretación y otra son tan sutiles, estos factores pueden resultar decisivos, nos guste o no.

Y en medio de todo esto estuvo, este año, el tema de las marcas de los pianos, que nunca antes habían sido tan diversas y tan presentes en la dinámica del concurso. Con un desenlace en sí mismo sorprendente: el 1º, el 3º y el 5º premio tocaron Fazioli. Un 278, no el inigualable 308. Ahora bien, incluso escuchado con internet de alta velocidad y unos más que aceptables auriculares Sennheizer QuietConfort 35 II, ese piano, francamente, no parecía sonar muy bien. Me gustó infinitamente más el Steinway usado por Sorita y Kobayashi: un sonido rico, flexible y sorprendentemente variado. Y el Shigeru de Gadjiev: más homogéneo, sí, pero muy atractivo. Sin embargo, ¿fue ese el sonido que se escuchó en sala? ¿No será que precisamente el Fazioli sonó más nítido, más potente y más penetrante justo allá donde estaba sentado el jurado (al fondo de la sala, por cierto, y no en la fila 5)? Puede que esa potencia fuera justamente lo que dificultaba que la señal se captara en redes en toda su riqueza y que la transmisión del sonido a distancia resaltara, en cambio, las cualidades del Steinway. Si así fuera, ese plus de intensidad y nitidez del Fazioli debió de resultar muy fascinante en sala. No puedo saber cuánto hay de cierto en esta suposición porque no he estado ahí. Me quedo con la duda y me reservo el juicio.

Me reservo el juicio a la espera de escuchar en vivo a quienes hemos escuchado tanto en redes estas semanas. Pero no a todo el mundo por igual. Empezando por el ganador. Bruce Liu, en el fondo, no me ha interesado: me ha parecido un excelente pianista que no siento la necesidad de oír en directo mientras no me prometa algo más. Sorita sí. Gadjiev también, pero sobre todo de aquí a unos años, cuando empiece a llevar al escenario el resultado del interés por la improvisación que ha manifestado en sus declaraciones. Quiero ver cómo suena en un auditorio el piano de Martín García García, y sobre todo qué trayectoria tendrá su carrera tras el atracón de ese concurso de Cleveland y este premio en Varsovia, con ese repertorio inmenso que tiene y que necesitará para enfrentarse a los muchos retos que le esperan. Y veremos qué sucederá con quienes se plantaron en la final con 17 años: Hao Rao, muy niño aún pero solidísimo; Eva Gevorgyan, irregular en este concurso pero con un potencial inmenso; y ese JJ Jun Li Bui que en las pruebas solistas fue realmente prometedor. Pero también veremos qué sucederá con otra gente, premiada y no. Un concurso como éste, retransmitido online y tan conocido, se vuelve un escaparate, donde el premio es sólo la guinda del pastel. Y para quienes queremos comprender los caminos de la historia de la interpretación es un espacio privilegiado no solo para apreciar a quienes tocan sino para valorar implícitamente el criterio de quienes evalúan y también, por qué no, para intentar comprender cómo fluctúa la percepción de quienes escuchamos esa música desde casa.

Yo lo tengo claro: llevo desde que acabó el concurso escuchando a Sorita, todo el tiempo. En Spotify tiene más de 10 horas de música grabada, y ha sido un sucederse de sorpresas, la mayoría de ellas muy agradables. Sin el Concurso Chopin, a saber cuándo y cómo habría llegado hasta él. Pero que no cunda el pánico: de él y de todo lo que he encontrado en esas grabaciones no voy a hablar hoy. Otro día será.