Un observatorio para la igualdad de todas las músicas

DOCE MESES, ONCE CAUSAS…
19 Diciembre 2007

La cadena privada de televisión Telecinco, en una loable iniciativa que arrancó en el lejano 1999, dedica cada mes un espacio de su programación a temas de tipo social que reúne bajo el lema “12 meses, 12 causas”. Causas nobles, a menudo de gran impacto, que en los últimos tiempos han abarcado problemáticas como la lucha contra la violencia machista, la promoción de una conducción responsable, el drama de los refugiados, el apoyo a los familiares de enfermos de Alzheimer o la denuncia de la explotación infantil en todas sus formas.

Como última “causa” del 2007, Telecinco nos ha sorprendido con un tema que no resulta fácil insertar en este contexto: la promoción de la música clásica. No es la primera vez que este espacio está dedicado a la difusión de la cultura; en abril de 2006 (y de modo casi análogo en abril del año siguiente) el tema había sido el fomento de la lectura. Pero he aquí la diferencia: en ese caso (citamos literalmente la web oficial de la cadena), el objetivo declarado era “cruzar libros, compartir experiencias y descubrir nuevas formas de entender el mundo”, y las imágenes que acompañaban ambas campañas eran explícitas en respaldar el diálogo intercultural como razón de ser de la iniciativa. Muy distinto es el caso que nos ocupa. La descripción ofrecida por la propia cadena es muy significativa (también en este caso, citamos la web www.telecinco.es):

"El spot institucional […] se desarrolla en una plaza pública de una ciudad cualquiera, repleta de personas que hacen su vida cotidiana. Entonces, un grupo de jóvenes […] se instalan en el centro […]. De las fundas que portan sacan violines y violoncelos […] y la música clásica invade cada rincón del lugar. Mientras, la cámara comienza a mostrar las reacciones de la gente […]: los grupos dejan de hablar para atender a la música y hacen gesto de guardar silencio a quien interrumpe; una pareja se da la mano con mucho cariño; un chico que está con los auriculares apaga el MP3 para escuchar la melodía casi hipnotizado."

El spot, como puede verse, no pretende tanto reflejar una realidad concreta (a diferencia de lo que hallamos en las imágenes —a veces de notable crudeza— que acompañan otros spots de la misma campaña) como una situación ficticia y, sobre todo, una serie de deseos. Refleja, de hecho un ideario. ¿Qué estaba escuchando, ese “chico con los auriculares”? No lo sabemos, pero sí nos deberíamos alegrar de que haya apagado el MP3 y se haya acercado a escuchar el Vals de la Serenata op. 22 de Dvorák. Y ¿de qué estaban hablando las personas que de pronto deciden callarse dejando hablar a los instrumentos de cuerda? No importa: más importante será el mensaje de esa música que por sí sola despierta gestos cariñosos y sonrisas llenas de complicidad, una música capaz —según afirma la web de la misma cadena en uno de sus titulares— de “suscitar sentimientos”. Ahora bien: llevamos siglos discutiendo en torno a la relación entre música y emociones, y no es éste el lugar para volver sobre el tema. Pero llama poderosamente la atención que hoy, en pleno tercer milenio, sigamos queriendo asociar la música clásica a los momentos bondadosos de la humanidad, y sin darnos cuenta lancemos mensajes que no son más que la fosilización del ideario de finales del siglo XIX, marcado por la idea de la superioridad de la música clásica sobre cualquier otra tradición.

“Si te gusta la música, te gusta la música clásica”, remata la joven directora Inma Shara al final del spot. La idea de fondo parece ser que, con sólo escucharla, la música clásica llega a todo el mundo. Es el viejo mito de la música como lenguaje del alma, lenguaje universal no sólo porque trasciende las barreras lingüísticas, sino porque no necesita un aprendizaje, sino únicamente oídos abiertos y corazón puro… Pero ¿es realmente así? Si así fuera, tal vez no se la consideraría en peligro de extinción. En cambio, salvar esa música (que es la de tantos de nosotros en Musikeon, por cierto) se ha convertido en una causa. La humanidad, parece decirnos Telecinco, necesita a la música clásica, porque sin ella el mundo sería peor. Estamos totalmente de acuerdo: sin ella el mundo sería peor. Pero también lo sería sin el tango, el punk o las polifonías pigmeas. Y sin las tantas músicas que son parte de la vida social y emocional de miles de personas que, sencillamente (y a menudo inconcientemente), no se identifican en el marco ideológico que la música clásica parece necesitar para afirmar su primado. Porque de eso se trata: de la implícita superioridad (moral, por supuesto) de esa música sobre las otras, más alejadas, evidentemente, de los “buenos sentimientos”.

El concepto mismo de música clásica nació, a lo largo del siglo XIX, de la voluntad de que esa, que pretendía afirmarse como “arte”, no se confundiera con la música “de consumo” que, ya entonces, empezaba a hacerse con los favores del público. Desde aquella época, el discurso no parece haber cambiado tanto: la música clásica quiere ser “para todos”, pero de entrada reclama para sí una superioridad de orden ético que parece desmarcarla de todas las otras. ¿No estará precisamente allí el problema?

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